| Las instituciones de nuestros tiempos deben avanzar hacia una cultura que enfatice el valor de la comunidad. Emerge la comunidad cuando sus miembros, conscientes de la pertenencia a una misma cultura, fortalecen los lazos interpersonales y se comprometen en la construcción de un proyecto formativo. Los vínculos socioculturales impulsan la visión conjunta de la realidad y la coincidencia de sus miembros en acciones relativas a aspectos esenciales del discurrir institucional. El ambiente socio-cultural activa los pensamientos, sentimientos y conductas compartidas hasta producirse una afinidad propia de la genuina comunidad. Si la distancia comportamental es mínima se entorpece la libertad de movimientos. Los centros impulsadores de la “cultura en glomerado” anulan la autonomía de profesores por carecer del” margen de maniobra” necesario para el necesario despliegue personal y profesional. En el otro extremo se encuentran las instituciones de “cultura celular” caracterizadas por el alejamiento psíquico. Se requiere un juego de equilibrio entre la tendencia masificadora y la propensión al individualismo. La autonomía en lo que se refiere al profesorado es totalmente necesaria. Nace de la reflexión y la libertad y se proyecta en las acciones responsables. La autonomía es tanto un derecho como un requisito educativo. La formación humana implica autodeterminación. El despliegue del profesorado para por salvaguardar su independencia, lo que equivale a promover su armonía, originalidad y realización. Este equilibrio constituye indicador de calidad personal e institucional, que se deja sentir en la formación de los alumnos. La cultura del compromiso ni ha de improvisarse ni imponerse ni dejarse en manos del azar, so pena de que los resultados sean claramente adversos. La forja de la nueva cultura requiere contemplación y praxis, esfuerzo, vitalidad institucional, esto es energía, entusiasmo y decisión. La cultura del compromiso se prepara, crece y fortalece al ritmo del tiempo socio histórico. |